jueves, 25 de noviembre de 2010

CASA...

Estaba junto al camino de un pueblecito llamado El Monte, cerca de Santiago de Chile. Las rosas del antejardín te ofrecían sus aromas cuando subías los escalones hacia a la puerta principal. Al cruzar el umbral, un pasillo de ajedrez te saludaba y el sol tímido del invierno entibiaba las habitaciones de paredes blancas y techos altísimos. Retratos de niños felices junto a sus padres adornaban el ambiente.
            Saliendo al patio principal, una fuente de agua cantarina te danzaba en los ojos y la rústica mesa de Margott nos invitaba a tomar onces con sopaipillas bajo el parrón. Más allá... el cerezo de mi infancia... lleno de frutos dulces y hermosos, lustrosos, guindas rojo–pasión.
            En la esquina donde termina la fila de cuartos, estaba el de las penitencias. Ese donde nos enviaba papá cuando no hacíamos las tareas escolares por estar leyendo La Pequeña Lulú y El Gato Félix. Era oscuro y frío. Pero –como papá lo hacía como en serio y como en broma–, dejaba la puerta abierta para que en cuanto desapareciera de nuestra vista, nos escapáramos mi hermano Miguel y yo. Nosotros jurábamos que él no se daba cuenta, pero nunca entendimos por qué nos llegaba el eco de su risa a lo lejos.     
Hoy fui al lugar donde está la casa de mi niñez. La busqué dentro de mí y la encontré intacta, junto a la avenida del corazón…
(Chari, Copyright © 2011)

sábado, 6 de noviembre de 2010

RINCONES...

Camino por la casa observando sus rincones. Camino por la casa que acabo de habitar y que fue de otros, de gente que no conozco. Personas que al igual que yo la recorrieron un día para descubrir lugares en común. Me quedo un instante mirando esos rincones. Pienso que puedo meterme en sus vidas. Conocer su pasado. Fusionarme en ellos. Sentir que palpitan. Que respiran. Que suspiran. Que existen… como yo.
         Este rincón que miro huele a días festivos, a cumpleaños, a café con leche, a helados con crema. Sabe a ruido de gentes amigas y a silencio crudo metido en ollas hirviendo. A sopas perfumadas de comino, a copas llenas de risa, a tecitos de menta trasnochados, a fogones horneando vivencias. Todo enmudece cuando el rincón me habla…
         Descubrí uno que está en la terraza. Nadie se ha fijado en él. Puedo advertirlo por lo triste de su apariencia. No cabe ni una mesa, ni una silla en su opaco espacio. Es el rincón que nadie mira, que nadie pisa, que nadie toca. Por éso lo quiero mío. Porque he sido la primera en verlo. Porque no le pediré nada a cambio de quererlo. Porque lo cuidaré del frío y de lo adverso. Lo adornaré con flores del jardín. Llenaré de cantos sus esquinas olvidadas, porque lo quiero alegre. Y lindo. Y mío. Y bueno.
Este es el rincón que más amo de mi casa nueva. Porque sin decirme nada… ¡me lo dijo todo!
(Chari, Copyright © 2011)

COSAS...






Estamos rodeados de ellas. Son binarias. Importantes y no tanto. Algunas son nuevas; otras, antiguas, o viejas… y por éso ya no las queremos… y por éso, ¡no podemos vivir sin ellas!
Son blandas o duras, suaves o ásperas, tibias o frías, de madera, de greda, de vidrio, de plástico, de losa, de lana, de seda, de algodón, de papel, de cartón… de oro y de plata. Las cosas son reales o también inventadas. Inanimadas… porque no son como nosotros (aunque creo equivocarme al analizarlas… porque algunas de ellas también tienen alma).
         Las cosas nos sirven para limpiar, para cocinar, para pintar, para tejer, para bordar, para comer, para triturar, para amasar, para caminar, para correr, para trabajar, para sentarnos, para descansar, para dormir, para bañarnos, para secarnos, para limpiar, para encender, para apagar, para abrir, para cerrar, para guardar, para grabar, para escribir, para borrar, para copiar, para eliminar.
         Cosa también es algo que se piensa o que se dice… y es algo que se hace. Lo que se recuerda y lo que se olvida. Cosa es mucho… o es nada. Es lo que tienes o lo que tuviste. Es lo del vecino o lo del amigo. Lo de tu hermano, lo de tus sobrinas; es lo que sale o lo que entra, lo que deseas y lo que no quieres. Lo que hay en tu closet o en tu baño. Es lo que te pones en el pelo, con lo que lo alisas, con lo que lo encrespas, con lo que lo peinas. Es lo que cuelga de tus orejas, lo que adorna tus dedos, lo que atas a tu cuello. Las cosas son lindas… aunque, también, pueden no serlo tanto.
         Te llenan la vida sin casi darte cuenta haciendo que desaparezcas detrás de ellas, como si TÚ no existieras… como si importaran sólo ELLAS. Lo hacen como si nada… «como que no quiere la cosa…» y te puedo asegurar que hay gente que mataría por tener más de ese espécimen.
Pero sucede que un día cuando te cambias de domicilio y cuando ves que tu antigua vivienda se va llenando de cajas y más cajas… ahí, en ese momento iluminado y honesto… te das cuenta que tenías más cosas de lo que debieras y que podrías vivir perfectamente sin ellas.   Entonces, suspiras… y vuelves a encontrarte con el ser que permanecía invisible detrás de ellas… TÚ.
(Chari, Copyright © 2011)