Automáticamente mi dedo índice hace pasar entre él y el anular de la mano izquierda el hilo tensador de la prenda. Mi mano derecha toma el tejido y comienzo a hacer danzar los puntos de derecha a izquierda, uno a uno. Acompasadamente.
Hay cierto ritmo que sigo al tejer. Es un ritmo que viene de adentro. De las entrañas. Es un ritmo «que se afina» con el sonido de los palillos de madera cuando toman puntos e hilos. Mis prendas cantan. Mis prendas bailan. Mis tejidos van naciendo en cada hilera. Nacen danzando y cantando al ritmo que yo les doy con cada mezcla de colores, de puntos, de texturas.
Me canso y apoyo las manos sobre la falda. No suelto la prenda. No quiero dejarla. Es como si me aferrara a algo muy querido y añorado. Algo mío que trasciende. Algo que se extiende a través de mis dedos y se aúna con la prenda que voy creando. Se entreteje con mi alma y solamente puedo deshacerme de ella cuando «me avisa» que está completa.
Sólo entonces entiendo que la obra ha concluído. Y es ahí cuando mis dedos libres y ansiosos corren en busca de otro amor.
(Chari, Copyright © 2011)
