Estaba junto al camino de un pueblecito llamado El Monte, cerca de Santiago de Chile. Las rosas del antejardín te ofrecían sus aromas cuando subías los escalones hacia a la puerta principal. Al cruzar el umbral, un pasillo de ajedrez te saludaba y el sol tímido del invierno entibiaba las habitaciones de paredes blancas y techos altísimos. Retratos de niños felices junto a sus padres adornaban el ambiente.
Saliendo al patio principal, una fuente de agua cantarina te danzaba en los ojos y la rústica mesa de Margott nos invitaba a tomar onces con sopaipillas bajo el parrón. Más allá... el cerezo de mi infancia... lleno de frutos dulces y hermosos, lustrosos, guindas rojo–pasión.
En la esquina donde termina la fila de cuartos, estaba el de las penitencias. Ese donde nos enviaba papá cuando no hacíamos las tareas escolares por estar leyendo La Pequeña Lulú y El Gato Félix. Era oscuro y frío. Pero –como papá lo hacía como en serio y como en broma–, dejaba la puerta abierta para que en cuanto desapareciera de nuestra vista, nos escapáramos mi hermano Miguel y yo. Nosotros jurábamos que él no se daba cuenta, pero nunca entendimos por qué nos llegaba el eco de su risa a lo lejos.
Hoy fui al lugar donde está la casa de mi niñez. La busqué dentro de mí y la encontré intacta, junto a la avenida del corazón…
(Chari, Copyright © 2011)
(Chari, Copyright © 2011)


