Son espacios llenos de tiempo. Los hay buenos y otros malos. Son fechas de vencimiento, de cumpleaños, de festividades… son momentos que te hacen fabricar la realidad. Si tu día no es bueno, pasará la vida en blanco. O tal vez, sientas que te llovió sobre mojado.
Hay días amarillos (como las etiquetas del comercio que nos avisan descuentos de tarifas). Esos días nos llegan cargaditos de regalos, de sonidos, de poemas, de palabras, melodías que todo lo cubren de belleza. También está aquel que nos parece como del Juicio, donde todo es dolor, culpa, veneno y reproches. Por éso digo que los hay buenos… y también los hay muy malos.
Algunos dicen que hay que vivir «un día» a la vez. ¿No les parece irracional? ¿Cómo se podría vivir… dos días de un tirón? Otros opinan que es mejor «vivir al día». A mí, ese dicho no me dice nada. Porque cuando pienso en el día, imagino jornadas repletas de letras, palabras y significados. Instantes cargados de libros, de ideas, conceptos y secretos que quiero descubrir. De interrogaciones, demandas, consultas, encuestas y curiosidades.
Los días nacen y se mueren. Jamás serán iguales por más que lo intentemos. Nos llegan con lunas transparentes abrazadas por el alba y se nos van esparcidos en miles de tonos lilas de tardes lejanas.
(Chari, Copyright © 2011)
(Chari, Copyright © 2011)
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